
Salgo a dar un paseo con Eliana. Ella está con una falda ligera que le da muy bien. A ella le dan muy bien las faldas a pesar de que no le gusta usarlas. Lo ha hecho a pedido mío. Lo sugerí la semana pasada, lo volví a hacer ayer por teléfono y hostigada me dio el gusto. Si me hubiera dicho que no, nuevamente, no me importaba. Siempre sucede así solo que hoy fue diferente.
Su mamá me hizo pasar y sentado en el sillón yo escuchaba su voz diciéndome ahorita salgo, cierra los ojos, es una sorpresita. Yo me esperaba cualquier cosa menos eso; una blusa blanca de botones crema, un carmín nuevo, una pulserita de colores u otros accesorios en los cuales nunca me fijo. De cuadros azules y negros, le marcaba muy bien el compás de los muslos al caminar aunque en sus gestos lo que menos abundaba era felicidad.
Mira, me dijo con desgano. Te da muy bien. Siento que se me ve todo. Todas las rodillas, nena, nada más. A regañadientes aceptó salir con ella teniendo en cuenta que le propuse, si no se sentía cómoda, cambiársela por algún pantalón. Bueno, ella es así, medio loquita.
Caminamos rumbo al parque, todavía a tres cuadras de acá mientras Eliana me cuenta su vida por octogésima segunda vez. Ahí está la tienda a donde fuimos por vez primera solos, el poste de luz donde figura, algo borrosa e indescifrable, su nombre enlazado con el de un ex enamorado escolar, una nube en forma de estrella como la que vimos el día que hicimos el amor, el grafiti en la pared de la casa en venta.
Siempre me distraigo observando cosas lo cual genera su incomodidad. ¿Me estás escuchando, no? Me dice Eliana y me sonríe. Sí, respondo y estoy seguro de que continuará relatándome su pesado y por ratos divertido día que, cosa curiosa, se parece a todos los demás.
A ver, ¿de qué estoy hablando? Vuelve a atacar Eliana. Le sonrío y no me responde le gesto, lo cual indica que ya se enojó. No tengo ganas de responderle. Podría adivinar la respuesta pero hoy sólo quiero dar un paseo. No importa si hablamos o no. Ahora, yo sé que va a fruncir el ceño y me dirá que no le importo, que pone todo de su parte en el futuro de la relación pero no se siente correspondida, que no sabe por qué está conmigo y otras cosas raras. Cada vez que hace eso me dan ganas de mandarla, con toda la ternura posible, a la misma mierda y olvidarla.
Entonces, la miro de reojo y me parece una mujer muy guapa y cambio de parecer. Además, huele bien. El cabello recogido le da mejor que suelto. Seguimos en silencio y yo sé que ella espera que sea yo el que rompa este gélido mutismo. Pero no lo haré. Y nuevamente ataca y me dice que estoy pensando en ella ¿verdad?, que aún no la he borrado de mi mente, que siempre es ella y nunca ella.
Entonces le digo que no es cierto, que estoy pensando en los siguientes cuentos que voy a escribir donde sí va a aparecer ella, pero no me cree. Es en ese instante en el que me doy cuenta que Eliana sólo existe en la ficción y que la próxima vez que la escriba conmigo la llevaré al cine para mantenerla callada.

