
Regresaba de cortarme el pelo. Eran las 19:40 y sentía frío en las orejas. No podía evitar rascarme de cuando en cuando el cuello. Entré por la calle del colegio y estaba desolada, excepto por unos perros que olisqueaban a una hembra en celo y una pareja de mocosos que se estaba despidiendo. Al pasar por su lado, no pude evitar mirarlos: ella estaba con buzo, con uniforme él.
Los ojos de ella se enfocaron en los míos, achinados y vivaces, les acompañaba una sonrisa maliciosa. Media cuadra más adelante me alcanzó. Al llegar a mi lado dio dos saltitos.
-Hola- me dijo bien suelta.
-Hola- respondí sorprendido.
-Tú eres Iván ¿verdad?
Incrédulo, la observé bien. Nunca la había visto y la calle era larga.
-Sí. ¿Tú quién eres?
-Andrea. He leído tus poemas- sonriente.
Desconfiado, la miraba de reojo mientras avanzábamos. Se había soltado el pelo. Era ondeado. Se había quitado la casaca y quedado en polo. Eran grandes. Se la había atado a la cintura. Era delgada. El buzo le marcaba las caderas. Eran humildes.
-¿Ah, sí? qué bien.
Era extraño. No sabía cómo pudo obtener esa información.
-No te sorprendas- masticaba un chicle y sonreía. Tenía una cara chiquita y muy limpia- tienes una hermana que se llama Tina, un sobrino llamado Enzo, otro Santiago, una más que se llama Mía. Ah, y tocas la guitarra en una banda.
-Ah.
Eso era. Tal vez había ido a una presentación de Los PuLpOs, pero ¿cómo sabe de los poemas?
-Sé que has hecho dos poemarios y también que escribes cuentos.
-Sí, pero están para corregir bastante ¿cómo sabes eso?
-¿Cuántos años tienes?
-¿Cuántos crees?
-Mmm, no sé ¿19?
-No. 23 ¿tú?
-¿Cuántos me pones?
-16.
-Te equivocas. Tengo más.
-No lo creo. El colegio mayormente lo termina uno a los 16. Raras veces a los 17, salvo que hayas repetido, lo cual no creo que sea tu caso. Y mirándote, quiero decir, tu cuerpo, no pasas de 16-17.
-Mmm, bueno, sí. Tengo 16 y sé dónde vives.
-¿Cómo sabes eso si yo nunca te he visto?
Parados en la esquina, bajo la luz de un poste, perecíamos una pareja más. Habíamos llegado a la bifurcación de nuestros caminos, pero estaba intrigado.
-Tienes un blog- me dijo.
-¿Has entrado? ¿Sabes cuál es?
-Venial insecticida junto punto blogspot punto com ¿Ves?
-¿Quién eres?
-Ya te dije- se rió- Andrea. Soy la diosa de la red. Yo lo sé todo. Ésa es mi casa- dos pisos, fachada crema, unos maceteros con florcitas bajo la ventana- en las mañanas estoy sola, tráeme tus cuentos.
-Un momento. De los poemarios sí creo que te hayas enterado por medio del blog, pero de los cuentos cómo, si no los he subido ni lo pienso hacer.
-Soy la diosa de la red, ya te dije. Y lo sé todo- dijo haciendo la voz de monstruo y volvió a reirse al ver mi expresión petrificada.
-No te asustes. Tráeme tus cuentos mañana temprano y te digo cómo me enteré de todo.
-No. No quiero tener problemas. Nos podemos encontrar aquí mañana temprano si quieres y ahí te los paso.
-Puede ser a esta hora pero en mi casa.
-Bueno. Me gusta conversar con café.
-Mis papás llegan a las 22.
-Entonces será aquí nomás.
-Pero yo te estoy invitando.
-Mañana a esta hora. Aquí.
- Y después vamos a mi casa.
-Entonces los subo al blog.
-Pero, mejor vamos ahora.
-Me tengo que bañar. Tengo pelos por todo el cuerpo.
-¿Ya te vas?
-Sí. Nos vemos. Un gusto, Andrea, cuídate.
No pienso acudir. Es una mocosa confundida, tal vez con problemas y no quiero contagiarme. Se acaba de ir, furiosa y murmurando entre dientes ¿por qué los poetas son tan cojudos? Aunque no me ofendió, estoy contento. Había sido una buena oportunidad.
Para ir preso.