lunes, 23 de noviembre de 2009

ANÉCDOTA


Regresaba de cortarme el pelo. Eran las 19:40 y sentía frío en las orejas. No podía evitar rascarme de cuando en cuando el cuello. Entré por la calle del colegio y estaba desolada, excepto por unos perros que olisqueaban a una hembra en celo y una pareja de mocosos que se estaba despidiendo. Al pasar por su lado, no pude evitar mirarlos: ella estaba con buzo, con uniforme él.


Los ojos de ella se enfocaron en los míos, achinados y vivaces, les acompañaba una sonrisa maliciosa. Media cuadra más adelante me alcanzó. Al llegar a mi lado dio dos saltitos.


-Hola- me dijo bien suelta.

-Hola- respondí sorprendido.

-Tú eres Iván ¿verdad?


Incrédulo, la observé bien. Nunca la había visto y la calle era larga.


-Sí. ¿Tú quién eres?

-Andrea. He leído tus poemas- sonriente.


Desconfiado, la miraba de reojo mientras avanzábamos. Se había soltado el pelo. Era ondeado. Se había quitado la casaca y quedado en polo. Eran grandes. Se la había atado a la cintura. Era delgada. El buzo le marcaba las caderas. Eran humildes.


-¿Ah, sí? qué bien.


Era extraño. No sabía cómo pudo obtener esa información.


-No te sorprendas- masticaba un chicle y sonreía. Tenía una cara chiquita y muy limpia- tienes una hermana que se llama Tina, un sobrino llamado Enzo, otro Santiago, una más que se llama Mía. Ah, y tocas la guitarra en una banda.


-Ah.


Eso era. Tal vez había ido a una presentación de Los PuLpOs, pero ¿cómo sabe de los poemas?


-Sé que has hecho dos poemarios y también que escribes cuentos.

-Sí, pero están para corregir bastante ¿cómo sabes eso?

-¿Cuántos años tienes?

-¿Cuántos crees?

-Mmm, no sé ¿19?

-No. 23 ¿tú?

-¿Cuántos me pones?

-16.

-Te equivocas. Tengo más.

-No lo creo. El colegio mayormente lo termina uno a los 16. Raras veces a los 17, salvo que hayas repetido, lo cual no creo que sea tu caso. Y mirándote, quiero decir, tu cuerpo, no pasas de 16-17.

-Mmm, bueno, sí. Tengo 16 y sé dónde vives.

-¿Cómo sabes eso si yo nunca te he visto?


Parados en la esquina, bajo la luz de un poste, perecíamos una pareja más. Habíamos llegado a la bifurcación de nuestros caminos, pero estaba intrigado.


-Tienes un blog- me dijo.

-¿Has entrado? ¿Sabes cuál es?

-Venial insecticida junto punto blogspot punto com ¿Ves?

-¿Quién eres?

-Ya te dije- se rió- Andrea. Soy la diosa de la red. Yo lo sé todo. Ésa es mi casa- dos pisos, fachada crema, unos maceteros con florcitas bajo la ventana- en las mañanas estoy sola, tráeme tus cuentos.

-Un momento. De los poemarios sí creo que te hayas enterado por medio del blog, pero de los cuentos cómo, si no los he subido ni lo pienso hacer.

-Soy la diosa de la red, ya te dije. Y lo sé todo- dijo haciendo la voz de monstruo y volvió a reirse al ver mi expresión petrificada.

-No te asustes. Tráeme tus cuentos mañana temprano y te digo cómo me enteré de todo.

-No. No quiero tener problemas. Nos podemos encontrar aquí mañana temprano si quieres y ahí te los paso.

-Puede ser a esta hora pero en mi casa.

-Bueno. Me gusta conversar con café.

-Mis papás llegan a las 22.

-Entonces será aquí nomás.

-Pero yo te estoy invitando.

-Mañana a esta hora. Aquí.

- Y después vamos a mi casa.

-Entonces los subo al blog.

-Pero, mejor vamos ahora.

-Me tengo que bañar. Tengo pelos por todo el cuerpo.

-¿Ya te vas?

-Sí. Nos vemos. Un gusto, Andrea, cuídate.


No pienso acudir. Es una mocosa confundida, tal vez con problemas y no quiero contagiarme. Se acaba de ir, furiosa y murmurando entre dientes ¿por qué los poetas son tan cojudos? Aunque no me ofendió, estoy contento. Había sido una buena oportunidad.


Para ir preso.

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