¿Por qué llegaste tarde a decir que me querías?
tu ruidoso afán de emprendedora decayó.
En tu mirada ciega e inerte puedo ver
a dos pupilas negras y una agonía del sol.
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No lo sabía. En ese instante, yo no.
No pude comprender ese descaro,
ni tus trajes ni deseos
ni de tu rostro el color.
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Es mi culpa. Lo sé. Yo no hice nada.
Vas caminando, olvida la último dicho,
mira, el sol del norte te realiza una velada.
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Por acá todo va bien, mujer callada,
que utilizas las estrellas para guiños
y la Luna como faz enamorada...
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2/mayo/2010
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