
A lo lejos podía observarse la silueta esmirriada alejándose por entre los arenales que alguna vez fueron escenario del desarrollo de una ignota cultura preincaica.
Al empezar a penetrar en ellos (según unos niños que jugaban en los basurales) muchos gallinazos se quedaron petrificados al verlo andar, y cuando hubo ya pasado los sumideros e ingresado entre las dunas, un viento extraño que escarapelaba los cabellos lo fue siguiendo hasta que la silueta se perdió de vista.
Por la tarde (según los mismos niños) un carroñero que hurgaba entre la inmundicia, se acostó sobre sus patas en ademán de empollar. Las criaturas corrieron creyendo encontrar un nido (en su inocencia, porque los gallinazos hacen sus nidos donde nadie los vea) pero al notar que el ave no huía, descubrieron que estaba muerto.
En toda la semana, luego de salir del colegio, los niños iban a observar al animal muerto (comprensible, ya que siempre tenemos los humanos esa fascinación por lo desconocido, en este caso, la muerte) el cual, cosa extraña, ¡no mostraba signos de putrefacción! Al descubrirlos, un vecino cogió el cuerpo inerte por las patas y lo dejó bien adentro de los arenales. A la mañana siguiente, no amaneció con vida.
Cuando llegué al pueblo, cargado con una mochila y el cuerpo quebrantado tras las 8 horas de viaje, presencié el entierro del señor. Los niños fueron quienes me relataron lo arriba escrito. Era una historia intrigante.
Había llegado hasta allá para ejercer mi profesión de maestro, la única vacante que conseguí, en el colegio de ese pequeño pueblo que no pasaba de diez cuadras. Una tarde, luego de una semana de estadía en el lugar, quise ir a pasear por dichos arenales.
El sol estaba suave y una leve brisa soplaba serpenteando mis cabellos, cargué una botella con agua y partí.
Caminé alrededor de dos horas cruzándome con algunos arbustos muy extraños y alejados de cualquier señal de agua, en medio de la nada. Cuando el cansancio me invadió, me senté a descansar sobre una loma, arrojándoles piedras a las asustadizas lagartijas que correteaban alrededor.
Oscurecía cuando decidí volver. No se podía distinguir al pueblo ya que carecía de alumbrado público; tendría que usar mi instinto: regresar en línea recta, tal como partí.
El cansancio fue tal que me invadió por completo pero tenía que volver. Todo era tan oscuro que no atinaba a ver nada y sentí por un instante que me estaba saliendo de la ruta. Me acosté sobre la tostada arena que abrigaba mis brazos descubiertos y me encontré solo, bajo el negro cielo alumbrado sólo por una miserable estrella. Me quedé dormido.
Desperté con un hambre voraz y una estupidez para caminar ¡Me caía! Me sentía torpe y cuando me observé, algo mareado ¡Mis manos habían desaparecido! ¡Oh, por Dios! Ahora eran, eran, ¡dos alas negras! ¡Maldita sea! Estaba convertido en un gallinazo más, estaba asustado, quería llorar, gritar y sólo me salió un chillido horripilante. ¡¿Qué demonios había en ese desierto?! ¡¿Qué maldiciones poseía?! Con mucha resignación intenté avanzar y cada vez mis movimientos me parecían ridículos. ¿Se trataba acaso de un sueño? Entonces, empecé a agitarlas y comencé a elevarme, poco a poco, hasta que conseguí volar. Estaba volando. ¡El sueño de los humanos! Pronto di con el basural y el pueblo. Me aposté allí y reconocí las calles arenosas, algunos molles resecos hasta vi a los niños salir del colegio, ah, quería despertar ya de esta pesadilla de mal gusto pero me sentí cansado y me acosté, durmiéndome en el acto.
Trujillo, 29 de mayo de 2004
Me gustó mucho cuando lo leí. Se ve que hay muchas páginas perdidas tuyas, donde hay buenas historias. Bien Ivan, un atropomorfismo es interesante.
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