
Connie es hermosa pero no lo sabe o sí lo sabe, pero no tanto. Su piel es suave y tibia y mojada por la lluvia es brillante y el vaho que despide su cuerpo cuando se agita es enloquecedor. Juega natural con el rostro de facciones pueriles y el cabello húmedo baila lentamente adheriéndose a y despegándose de su cuello en un constante vaivén de mar.
Las trenzadas coronarias rosa sobre sus pechos levantados y firmes destacan la figura de sus pezones, diminutos, inexpertos y decididos. La luz de la fogata danza sobre su vientre plano alargando el jardín de nomeolvides sobre su monte de Venus recreando sobre su cuerpo un calendario.
Anhelante de ternura, con un esposo paralítico de pedantería cada vez más insoportable, busca cubrir la desnudez de sus caderas con la sábana de la sensibilidad, lo perfectamente redondas que son. Verlas desde atrás, es el espectáculo más hermoso inimaginable que un hombre podría disfrutar sin llegar de tan magnífica visión en el colmo de la gula.
Verla acostada en medio de ramas de roble y madreselva a punto de florecer es la proyección de un hechizo ancestral.
La mujer que desechó la farsa del "placer intelectual", dominada por sus instintos, el coraje de su propia ternura y la realidad de su cuerpo está sentada sobre el pasto. A la petición de venir sin bragas ha cumplido, es también suyo el deseo de ganar tiempo. Es adorable besarla y acariciar con una mano su frente y con la otra sus cabellos escuchando su respiración cada vez más cerca. Aspirar el perfume de sus hombros a través de la tela que los oculta y suaves mordiscos en el cuello, su agitada respiración es melódica, su pecho se infla y se encoge, se infla y se encoge y el contacto con la firmeza de sus senos invita.
La mano desciende por su espalda, suave como acariciando un gatito, para no perderse ningún detalle, ninguna forma, dibuja la estructura y consistencia de su cadera, la amo y quiero brindarle esa ternura. El aroma de sus pantorrillas es dulce y el sabor a leche, los muslos van quedando descubiertos, en la parte interna se desentierra un tesoro, con la parsimonía de un paleontólogo, el vestido se arruga y huele a mujer, sabe a mujer.
El tiempo pierde protagonismo y desaparece. Lo cálido de su interior me nutre y quiero estar dentro de ella. Un contacto, un quejido, la sumisión, el olvido, el hundimiento en lo profundo de un encanto. Ya en la fuente, la escucho más lejana, los sacudones la aproximan y los remansos la distancian más, y vuelven las sinfonías y más temblores y olas que revientan y rocas que caen y la música más alta y los gritos y las caricias y Connie y un temblor y más y más. Constance.
Palpitaciones que redoblan, ha muerto la verguenza y ha nacido la mujer. El sexo no es más que tacto. El más íntimo de los tactos, y es el tacto lo que nos da miedo*. Posesos por el sopor post exploción de nervios empieza el descenso hacia el bosque de los encantos. El sueño doblega y ya comienza a oscurecer. Muerto el tiempo sólo importa la mujer.
Cierro el libro. Buenas noches Constance.
* frase de D.H.Lawrence
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