Había caminado mucho buscando un lugar donde guarecerse del frío y donde apaciguar su hambre. Los pies los tenía resecos y callosos y una extraña sensación por protegerlos le invadía. No era así como se sentían sus ancestros. Ellos andarían sin quejarse y hallando comida donde otro solo espinos. Este día, él era el otro. Se acabaron sus provisiones y no sabía ya dónde quedaba el río. No sabía encender el fuego y probablemente moriría esta misma noche. Dónde estaría ahora la familia! Pura sabana era lo que veía a su alrededor. Ningún indicio de bosque, ninguna señal de fuego, ninguna montaña, porque montaña es sinónimo de caverna y caverna de abrigo y abrigo de vida. El cansancio del cuerpo le cerraba los ojos, pero quería seguir. Pronto oscurecería y había visto, distancias atrás, huellas de león.
Entonces, comenzó a recitar los balbuceos que había oído a su padre hacer para salir victorioso en una caza, hacer que llueva cuando tenían sed, encontrar una compañera cuando se estaba solo y por una extraña razón sentía que le salían mal. De pronto, uno por uno, chillidos de mono se oían a lo lejos. Se asustó de la hinchazón de su pecho y del involuntario estiramiento de su boca y comprendió, que se había salvado.
Llegó de noche. El rumor del río y el aroma de hierbas hacían que su estómago sonara, mas al encontrarse muy cerca, escuchaba el sonido del corazón cuando copulan, pero no eran uno, ni dos, sino muchos, tantos que llegó a sentir miedo por lo que acababa de encontrar. Era joven e inexperto, sí, pero tenía mucha suerte. Luces que no eran luciérnagas sino mucho más grandes encendían aquel pedacito de cielo, pequeñas cavernas de paja y movibles formando un círculo que bordeaba a un círculo más pequeño hecho por hombres y mujeres como él que saltaban alrededor de un fuego más grande y corrían al sonido de los corazones que ellos mismo golpeaban.
Desnudo e inmóvil frente a ellos, no supo cómo aquel lenguaje incomprensible y sin forma que había manejado su familia hasta estos días se fue transformando en sonoridad que salió de su boca con muy buen timbre para soltar de golpe la primera palabra concebida por el hombre para expresar todas las emociones que vivió en ese instante, desde el miedo a lo desconocido, hasta llegar al asombro por lo hallado.
-Mierda.
La danza se detuvo. Los hombres y mujeres lo observaron detenidamente y el ruido de los bombos fue reemplazado por el chirriar de los grillos. Una de ellas se le acercó y colocó una mano sobre su corazón. Latía fuertemente que sentía en cualquier momento rompería su pecho, la mujer estiró la boca como lo había hecho él al oír los monos. Lo invitaron a bailar.
Lima, 12 de agosto de 2011
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