Se dice que el primer beso nunca se olvida, lo cual es una gran mentira. Con el tiempo, uno se va quedando con los más locos, tiernos, en lugares inusuales, extraños, asquerosos y va descartando los más horribles, depende de lo que se busque. Yo, particularmente, lo había olvidado, aunque para ser sincero, no estoy muy seguro de cuál fue.
Vienen a mi mente recuerdos antiguos, en blanco y negro, de Trujillo, con una prima en el corral y con otra debajo de la cama. También tengo otra remembranza con la hija de un amigo de mi papá, acá en Lima.
Era un año menor que yo y llegaba algunos domingos a la casa para pasar el día. Mientras nuestros padres conversaban entre tragos, nosotros dos íbamos a jugar a las escondidas en el patio que estaba en la azotea del quinto piso del edificio donde vivíamos, en la avenida Arica, Breña.
Viéndolo ahora, desde mi perspectiva de adulto, es bien tonto que jueguen a las escondidas sólo dos personas. No existe la emoción de la confusión, sin embargo, la excitación de saber de antemano lo que te espera, es fuerte. Además, nos escondíamos en el mismo lugar, lo cual incrementaba nuestras ansias. Por ratos, nos poníamos de acuerdo y jugábamos a que los adultos venían a buscarnos. Corríamos a ocultarnos en nuestro escondite favorito. Sentados debajo del balcón, ella me miró y sonrió. Yo hice lo mismo.
-Yo sé decir lisuras- me dijo.
Yo no decía lisuras. Empecé a hablarlas recién a los siete años, pero a los seis, ni siquiera las pensaba. Debí verme bien tonto con la sonrisa dibujada.
-Carajo- dijo y nos reímos.
-Mierda- volvió a decir.
-Conchasumadre- más risas.
Era lo máximo. Con su overol rosado, bien peinadita y con la boca sucia me besó.
-Carajo- volvió a decir. Beso.
-Mierda- otro beso.
-Conchasumadre- otro más.
No recuerdo si lo volvimos a hacer después en otras visitas. A lo mejor no, pero eso es lo que me quedó.
Cuatro años atrás la volví a ver. Vino para mi cumpleaños (su papá es mi padrino de bautizo) y se jugaba el mundial de Alemania. Tenía ganas de hablar de esa anécdota con ella (que recordé en ese instante) pero fui consciente.
A veces, los recuerdos compartidos sólo son relevantes en una sola persona y no hay ningún culpable de ello. Así como las palabras, uno dice cosas que pueden parecerle corrientes pero que para otras tienen mayor resonancia. Uno las olvida, sin embargo, otras las recuerdan y piensan mucho en ellas. En fin, cosas de humanos.
Ahora me pregunto, qué le estará diciendo a su enamorado cuando entre besos él le haga una caricia sugerente ¿le sonreirá y le dirá putamadre? ¿o jijunagramputa?
25/may/2010
Admito que siempre recuerdo esta anécdota.
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